He podido constatar la aflicción, rabia o malestar que ha causado en muchas personas la tala de árboles en la travesía de Lopera. Debo expresar que, como ciudadano de mi pueblo que soy, siento mías tales emociones y me embarga, además, un sentimiento de tristeza por su pérdida.
El 10 de diciembre de 2.004, Wangari Maathai recibió en Oslo el Premio Nobel de la Paz. Esta mujer africana de 65 años es bióloga, Viceministra de Medio Ambiente y Recursos Naturales, defensora de los derechos de las mujeres y de la democracia. Pero, sobre todo, es la creadora del Movimiento Cinturón Verde, que ha plantado 25 millones de árboles y ha extendido su actividad por distintos países del continente. Ella tiene una pasión, la reforestación de su país, Kenia y lograr con ello un trabajo digno para 50.000 mujeres; y una lucha, acabar con la despoblación de los bosques y la tala indiscriminada de los árboles. Wangari los considera “símbolos de esperanza”.
Pienso en lo difícil que resulta y en los años que conlleva sacar adelante y conseguir que un árbol alcance las dimensiones de ésos que han cortado. Algunos eran árboles centenarios, que incluso sobrevivieron a toda una Guerra Civil, otros llevan décadas acompañando la vida que transcurre en Lopera. Testigos mudos de nuestra historia, eran parte de la herencia viva de nuestro pasado. Han segado para siempre su legado, ya su sombra nunca más nos podrá cobijar, sus fuertes raíces no luchan ya contra la erosión, han desaparecido.
Se ha olvidado la sostenibilidad ambiental, esto es, mantener vivo y conservar el ecosistema, ¡menuda lección de ecologismo hemos recibido! A partir de ahora, ¿con qué fuerza moral se va a sensibilizar a la población sobre la necesidad de cuidar el medio ambiente?
Aún me conmueve el recuerdo, espantoso, de cómo se dio fin a la existencia de algunos de ellos, especialmente dramático fue lo que se hizo con los que había plantados al lado de la gasolinera de los hijos de Diego Pileta. Sucedía en las primeras horas de la mañana, a mediados del mes de abril. Era una imagen terrible. Una pala excavadora (de las que, por ejemplo, se usan para el derribo y desescombro de viejas casas) alzaba su brazo articulado y golpeaba con sus dientes metálicos las grandes ramas, así, sin misericordia, una y otra vez, hasta partir el grueso tronco por la mitad. Todavía resuena en mis oídos el crujido de la madera. Los árboles, víctimas de tanta crueldad, desgajados, astillados y moribundos lloraban en silencio su dolor. Sus entrañas derramaban la savia y su vida se escapaba a través de la mortal agresión. Fue brutal, una salvajada.
De inmediato se iban ocupando, para borrar las huellas de la vergüenza, los huecos dejados con pinos y palmeras, algún naranjo y unos cuantos rosales. Usurpadores de una imagen, de un lugar, de unas vidas arrancadas.
Como justificación valga una circular dirigida “a los vecinos y vecinas de la travesía”, todo un dechado de argumentos: “...popurrí de arboleda y arbustos plantados aleatoriamente...”, “...peligrosidad patente por la posible caída de ramas, con producción intensa de semillas...”, “...raíces agresivas...”, “...árboles pegados a los acerados sin uniformidad...”. Me detengo aquí para precisar unas sencillas cavilaciones, hasta ahora estábamos de acuerdo en aquello que dice que <
Espero que ésto haga reflexionar y sirva como alerta, a quienes debieran proceder, con el fin de corregir un modo de actuar atribulado. Cosas cómo estas son las que llevan a pensar que las mayorías no siempre son buenas, y que ejecuciones de tal envergadura y calado, se deberían consultar y sobre todo, poner oído a la opinión del conjunto de los ciudadanos. Porque los árboles son patrimonio de la naturaleza, el pueblo es de todos y, además que no se confunda, estos cambios nos afectan a todos.
Jerónimo Medina Valcarreras.

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